Los tiempos malos vinieron.

Vinieron porque te habías olvidado de lo fuerte que eres. Porque necesitabas darte cuenta de que nada en la vida se consigue sin esfuerzo. Vinieron para hacerte ver quién es realmente tu enemigo.

Pero no vinieron para quedarse. Se irán cuando tú decidas que es el momento de subir esa cuesta que ahora es tan empinada.

Y cuando la subas, y llegues a la cima, grita. Grita para que sepas que deben irse. Grita para hacerles ver que estás esperando que vengan los buenos.

De vez en cuando vale penar, vale sufrir algún dolor, algún desencuentro. De cuando en cuando, valen los desenlaces ilógicos o bruscos, o las cosas que no salen como seguramente quisiéramos.

Eso nos hace valorar que podemos mirar aunque hemos podido ver desde siempre. Que podemos escuchar aunque llevemos oyendo toda la vida. Podemos seguir caminando, aunque sepamos que nuestras piernas han estado ahí preparadas para andar.

Que las cosas más valiosas de la vida son aquellas con las que ya nacemos.

Y que la vida, al fin y al cabo, vale la pena.